EL MOVIMIENTO Y SU PAPEL EN LA EDUCACIÓN

 

EL MOVIMIENTO Y SU PAPEL EN LA EDUCACIÓN

 

El movimiento es el fin y la finalidad del sistema nervioso; sin movimiento el individuo sería impensable. El sistema nervioso, junto con el cerebro, los sentidos, los nervios y los músculos, pone al hombre en contacto con el mundo; en este aspecto se diferencia de otros sistemas organizados del cuerpo, que están exclusivamente al servicio del individuo físico y por ello se denominan órganos de la vida vegetativa. Los sistemas vegetativos le permiten al hombre gozar de buena salud y de la pureza de su cuerpo, pero el objetivo que se propone el sistema nervioso es más elevado que una pureza y exaltación análogas de la mente. La conducta de los animales no apunta simplemente a la belleza y la gracia en los movimientos; persigue un propósito más profundo, que es colaborar con la economía universal de la naturaleza. Lo mismo ocurre con el hombre: su objetivo no es ser más puro o mejor que otras especies, sino utilizar su riqueza espiritual, su grandeza estética en beneficio de los demás. Hay que exteriorizar los poderes y de ese modo completar el ciclo de las relaciones. 

Es necesario tener en cuenta este punto de vista no sólo en la praxis vital, sino también en la educación. Si tenemos un cerebro, sentidos y órganos de movimiento, es para que los pongamos en funcionamiento, pues si no ejercitamos cada parte del cuerpo, nunca estaremos seguros de comprenderlas. El movimiento es la última etapa del ciclo del pensamiento, y la exaltación del espíritu se logra a través de la acción o el trabajo. Por lo general, se piensa que hay que utilizar los músculos para mantenerse sano; así, hay mucha gente que juega al tenis para estar en movimiento ¡o hasta salen a caminar para hacer bien la digestión y dormir mejor! Esta confusión se ha filtrado en la educación y es un error tan absurdo como hacer que un príncipe sea el sirviente de un pastor. El principesco sistema nervioso se ha convertido en una simple palanca que favorece el buen funcionamiento de los sistemas vegetativos. He aquí un grave error: dado que se considera a la vida física y a la psíquica dos entidades completamente separadas, hay que incluir juegos en los programas para que los niños se desarrollen tanto física como mentalmente. Es verdad que la actividad mental no tiene nada que ver con los pasatiempos físicos, pero no podemos separar lo que ha unido la naturaleza. Al considerar la vida física por un lado y la mental por el otro, estamos rompiendo el ciclo de las relaciones y haciendo que las acciones físicas del hombre queden relegadas de la esfera mental. El objetivo de las acciones del ser humano tiende a ser el de colaborar con la alimentación y la respiración, cuando en realidad los movimientos deberían ser los sirvientes de la vida entera y de la economía espiritual del mundo.

Es fundamental que las acciones del hombre se conecten en el centro –el cerebro- y ocupen su lugar. Mente y movimiento son dos facetas de un mismo ciclo, y el movimiento es su expresión superior. De otro modo el hombre no sería más que una masa de músculos sin cerebro; habría algo fuera de sitio, como si hubiera un hueso roto que dejara incapacitada a la pierna entera. Para nuestra nueva educación resulta esencial que el desarrollo de la mente esté conectado con el movimiento y dependa de él. Sin movimiento no hay progreso ni salud mental. No es necesario demostrar ni probar formalmente la veracidad de lo dicho; para convencerse basta con contemplar y observar la naturaleza, en especial prestar atención al crecimiento del niño. De acuerdo con estudios científicos, la inteligencia se desarrolla a través del movimiento; experimentos realizados en todos los rincones del planeta confirmaron que el movimiento contribuye al desarrollo psíquico y que, a su vez, el desarrollo implica más movimiento; esto significa que existe un ciclo que debemos completar, pues    mente y movimiento conforman una unidad. Los sentidos también ayudan a cerrar este ciclo, dado que una deficiencia en alguno de ellos hace que el niño sea menos inteligente.

Resulta lógico que el movimiento sea una expresión superior de la psique, pues aquellos músculos que dependen del cerebro se denominan músculos voluntarios y se mueven gracias a la voluntad del individuo, la cual es la energía primordial, indispensable para la vida psíquica. Los músculos constituyen la mayor parte del cuerpo y definen su figura. Son muchísimos; los hay delicados y voluminosos, largos y cortos, y cumplen toda una gama de funciones. Una de sus curiosas peculiaridades es que, si uno se mueve en una dirección, siempre habrá otro que se mueva en el sentido contrario, y en esta oposición se basa la elegancia de los movimientos. Aunque los individuos no sean conscientes de esto, así es como se efectúan los movimientos. En los animales, los movimientos son perfectos por naturaleza, y la gracia del tigre o la ardilla se debe a toda una riqueza de oposiciones puesta en juego para lograr la armonía. En el hombre este mecanismo no es innato y, en consecuencia, hay que crearlo a partir de la experiencia práctica y el contacto con el medio. No se trata tanto de ejercitar los movimientos como de adquirir coordinación. El bebé humano no nace con esta coordinación ya establecida, la tiene que crear y perfeccionar mediante la psique.

Una característica del ser humano es su capacidad de realizar una variedad de movimientos más amplia que la de cualquier otro animal, e incluso de apropiarse de algunas acciones de éstos. Posee en cuanto a sus movimientos una habilidad universal, pero para ello debe cumplir con una condición: primero tiene que elaborar su propia persona, creándola al principio de manera subconsciente, y luego voluntaria, a través de la repetición de ejercicios de coordinación. Como posee un sinnúmero de potencialidades, el hombre elige qué parte de esa riqueza va a utilizar. Ni los gimnastas nacen dotados de músculos especialmente fuertes, ni los bailarines con músculos refinados que les den gracia artística a sus movimientos; ambos los desarrollan gracias a su voluntad. No hay nada que esté establecido, pero todo es posible si se tiene voluntad; además, no todos los hombres realizan las mismas actividades, como sí lo hacen los animales de una misma especie. Cada persona sigue su rumbo, y el trabajo es una de las formas más importantes de exteriorizar la vida psíquica. Los que no trabajan corren serios riesgos de sufrir atrofia espiritual. Si bien hay demasiados músculos y no se los puede ejercitar a todos, hay una cantidad mínima de músculos que hay que hacer trabajar para que la vida psíquica no corra peligro. Cuando se empezó a tomar conciencia de esto y se comprendió que había demasiados músculos ociosos, se introdujo la gimnasia en la educación.

Es imprescindible utilizar más músculos para así llevar una mejor vida psíquica, pero no necesariamente tiene que haber fines utilitarios detrás de esta ejercitación, como proponen algunas formas de educación moderna a las que llaman técnicas. El verdadero objetivo es que el hombre desarrolle una mejor coordinación de los movimientos y de ese modo enriquezca la faceta práctica de su vida psíquica. De lo contrario, el cerebro acabaría desarrollando movimientos ajenos a las órdenes centrales de la psique y reinaría el caos y la revolución en el mundo. Es posible que el trabajo no sea la prioridad en el arte de vivir, pero indefectiblemente se debe ampliar mediante el movimiento la capacidad de centralizar las facultades con que cuenta la mente, y para esta expansión no existen límites.

Mientras que en el resto de los animales los movimientos de las cuatro extremidades se desarrollan al mismo tiempo, el hombre es la única especie cuyas piernas tienen una función completamente distinta de la de los brazos, y su desarrollo es diferente. Cabe mencionar que el equilibrio y la habilidad para caminar son capacidades fijas que se encuentran en todas las personas, así que se podría decir que vienen dadas biológicamente. Todos hacen lo mismo con los pies, pero no con las manos, cuyo espectro de actividades sería imposible delimitar. Si bien los pies tienen una función biológica, a ésta le sigue el desarrollo interno del cerebro, con el resultado de que el hombre camina en dos piernas y los otros mamíferos usan las cuatro extremidades. Una vez que el hombre ha perfeccionado el arte de caminar en dos piernas, es capaz de mantenerse erguido y en equilibrio; pero esto no ha sido fácil, fue toda una conquista, para la que tuvo que aprender a apoyar los pies enteros en el suelo y no sólo los dedos como hacen los animales. Evidentemente, las manos no cuentan con esta orientación biológica, pues sus movimientos son totalmente variables, pero están relacionados con la psicología y su desarrollo no sólo depende de la mente del individuo, sino también de la vida psíquica de las distintas razas y de las épocas de la evolución humana. El hombre tiene la característica de pensar y actuar con las manos, y desde tiempos inmemoriales ha dejado huellas de su obra, que fue tosca o refinada según la civilización de que se tratara. Para saber cómo era la gente y la vida en ese pasado remoto del que ni siquiera quedan huesos, tenemos que estudiar las obras de arte; unas civilizaciones se basaban en la fuerza y han dejado tras de sí enormes e imponentes moles de piedra, mientras otras se nos revelan como culturas más refinadas. La mano acompaña la inteligencia, las emociones y los estados de ánimo, y ha dejado rastros de todo lo que fue quedando tras las peripecias del hombre. Si nos apartamos por un momento del punto de vista psicológico, la autora de todos los cambios que hubo en el ambiente es la mano del hombre. Si se edificó la civilización fue porque la mano siempre acompañó su inteligencia; entonces, no sería erróneo afirmar que la mano es el órgano de expresión de ese inmenso tesoro que le ha sido dado.

Es más, la legendaria práctica de la quiromancia se basa en el reconocimiento de la mano como órgano psíquico; los quirománticos afirman que toda la historia de la humanidad está escrita en la palma de la mano. De ahí que el estudio de la evolución psíquica del niño debe estar estrechamente ligado al de la evolución de la mano. Claro que, hasta cierto punto, la inteligencia del niño se desarrolla sin el uso de las manos, pero cuando las utiliza, alcanza un grado mayor; además, es un hecho que el niño que ha utilizado las manos desarrolla un carácter más fuerte. Si las circunstancias le impiden utilizar las manos, tendrá poco carácter, carecerá de iniciativa, no sabrá obedecer, y pasará todo el tiempo triste y sin ganas de hacer nada; en cambio el niño que tiene la posibilidad de trabajar con las manos mostrará un carácter firme. Un detalle interesante acerca de la civilización egipcia es que en la época en que el trabajo manual alcanzó su máximo esplendor en materia de arte, fuerza y religión, lo más halagador que se podía escribir en la tumba de una persona era que el difunto había sido un hombre de carácter.

Cuando se estudió el lenguaje, quedó bien en claro que el habla se relaciona especialmente con la capacidad de escuchar; en forma análoga, el desarrollo el movimiento está conectado con la vista. El primer paso en el proceso del movimiento es la captura o prensión; cuando la mano toma algo, inmediatamente se llama a la conciencia en su auxilio, y se genera la prensión; aquello que al principio fue un acto instintivo, ahora es un movimiento consciente. A los seis meses, el movimiento es totalmente intencional. A los diez, el niño se ha empezado a interesar en la observación del medio y quiere agarrar todo, es decir que la prensión viene acompañada por el deseo. Para empezar a ejercitar la mano, cambia las cosas de lugar, abre y cierra las puertas, abre los cajones, les pone tapón a las botellas, y así sucesivamente. Con estos ejercicios va adquiriendo habilidad. En esta etapa, no se ha acudido a la conciencia ni a la inteligencia para que orienten a las otras extremidades, aunque hay un rápido desarrollo del cerebelo, el encargado de asegurar el equilibrio. En este caso, el medio no tiene ninguna participación; el cerebelo ordena y el niño, con esfuerzo y ayuda, se sienta y se levanta solo. Al principio, el bebé se pone boca abajo y empieza a gatear y, si en esta etapa viene un adulto y le ofrece la mano para que se ayude y se pueda parar, el niño pondrá un pie delante de otro e intentará hacerlo, apoyado sólo en la punta del pie. Cuando por fin aprende a pararse sin ayuda, lo hace con todo el pie sobre el suelo, y se sujeta de las faldas de la madre para poder caminar; al poco tiempo caminará por sus propios medios y se complacerá de este nuevo logro que lo lleva hacia su independencia. En este momento, todo intento de los adultos por ayudar al niño se convierte en un obstáculo en el camino de su desarrollo. No hay que ayudarlo a caminar, y si quiere trabajar con las manos, tenemos que proporcionarle motivos para que se mantenga activo y dejarlo que proceda en busca de mayores conquistas rumbo a su independencia.

Una característica importante y notoria de los niños de un año y medio es la fuerza que tienen en las manos y los pies y la consecuente necesidad que sienten por hacer cualquier cosa en la que puedan esforzarse al máximo. Hasta ese momento, el sentido del equilibrio se ha desarrollado por separado de la habilidad para usar las manos, pero en esa etapa ambos se ponen en contacto, y al niño le gusta caminar con algún peso encima, el cual casi nunca guarda proporción con su propio tamaño. La mano, que ya ha aprendido a sujetar cosas, ahora debe entrenarse para cargar objetos pesados. Es por ello que a veces se encuentra a niños de esta edad caminando despacio y haciendo equilibrio con una enorme jarra de agua en la mano. También manifiestan una tendencia a desafiar la ley de la gravedad: no se contentan con caminar, tienen que treparse sujetándose a cualquier cosa. Luego llega el período imitativo, en el cual el niño que tenga total libertad para actuar copiará con mucho entusiasmo todo lo que hagan los adultos a su alrededor. Así queda a la vista la lógica del desarrollo natural: primero el niño prepara sus instrumentos, manos y pies, y luego se ejercita y fortalece, y por último mira lo que hacen los demás y los imita, preparándose de ese modo para la vida y su libertad.

En esta etapa de su actividad, el niño es un gran caminante que necesita recorrer grandes distancias a pie, pero los adultos insisten en alzarlo o llevarlo en el cochecito y el pobre niño se tiene que imaginar que está caminando. No puede caminar, lo llevan; no puede trabajar, ¡trabajan por él! Aún está en el umbral de la vida y los adultos ya le inculcamos un complejo de inferioridad.