La mente absorbente

 

Es verdad que no todos estos complicados procesos siguen el funcionamiento que se halla establecido en el adulto, porque el niño no ha aprendido una lengua como nosotros podemos aprender una lengua extranjera, con el esfuerzo de nuestras facultades mentales, sino que él ha conseguido una construcción estable, exacta, maravillosa, como las construcciones embrionarias de un órgano en un organismo. Es decir, que existe en el niño pequeño un estado mental inconsciente que es creador, y que llamamos “mente absorbente”. Y la mente absorbente construye no mediante esfuerzos voluntarios, sino bajo la guía de las “sensibilidades internas” que llamamos “períodos sensitivos”, porque la sensibilidad dura sólo temporalmente, dura hasta que no se haya cumplido la adquisición que debe hacer la naturaleza. Así, por ejemplo, si en un niño la nebulosa del lenguaje encuentra obstáculos para su desarrollo y las sensibilidades auditivas constructoras no funcionan, se convertirá en un sordomudo con todos los órganos del oído y de la palabra perfectamente normales.

 

Está claro que en la “creación” psíquica del hombre debe haber un hecho secreto. Si nosotros aprendemos todo a través de la atención, del esfuerzo de la voluntad, de la inteligencia, ¿cómo el niño puede emprender sus grandes construcciones cuando todavía no está dotado de inteligencia, de voluntad, ni de atención? Es evidente que en él actúa una mente con poderes enteramente diversos de los nuestros y por eso puede existir en el inconsciente un funcionamiento psíquico diverso de la mente consciente.

 

El lenguaje es el ejemplo que puede prestarse más claramente para dar una idea de esta diferencia de mentalidad, porque se presta a un estudio de observación directo y detallado.

 

En la mente inconsciente no se hallan las diversas dificultades que nosotros experimentamos al aprender, por ejemplo, un idioma muy sencillo o uno extremadamente complicado. Evidentemente, como no hay dificultades, no hay tampoco desarrollos graduales relativos a estas dificultades. El todo es aprehendido en el mismo período de tiempo. Ahora bien, esta adquisición no se puede comparar con el esfuerzo de memoria que tenemos que hacer nosotros, ni con la fragilidad de nuestra memoria que deja escapar fácilmente sus adquisiciones transitorias; porque el lenguaje durante la época inconsciente se imprime indeleblemente y se convierte en un carácter que el hombre encuentra ya establecido en sí mismo. Ningún lenguaje que se quiera añadir al lenguaje materno logrará ser un carácter, y ninguno será poseído con tanta seguridad como él.

 

Para nosotros es algo muy distinto aprender un idioma con nuestra mente consciente. Evidentemente es bastante fácil aprender una lengua primitiva, de gramática sencilla, como algunos lenguajes de los pueblos nativos de África central, que a menudo los misioneros aprenden durante el viaje que realizan a través del océano y los desiertos, antes de llegar a su destino. En cambio, es dificilísimo aprender una lengua complicada como el latín, el alemán o el sánscrito; los estudiantes emplean cuatro, cinco e incluso ocho años estudiándola, sin llegar a conocerla perfectamente. Una lengua viva, pero extranjera, no se aprende nunca del todo: cualquier error gramatical o el “acento extranjero” revelan que aquélla no es la lengua materna de quien está hablando. Y esta lengua extranjera, si no se cultiva continuamente, se olvida fácilmente.

 

La lengua materna no está en dependencia de la memoria consciente, sino que está depositada en una memoria diversa, semejante a la que los psicólogos modernos, biólogos o psicoanalistas llaman “mneme” o “la memoria de la vida”, que es la que conserva las formas transmitidas por la herencia, a través de infinidad de tiempos y que es considerada como un “poder vital”.

 

Quizás pueda ilustrar esta diferencia una comparación superficial: la comparación entre la fotografía y la representación gráfica hecha con la ayuda conjunta de la mano y de la inteligencia, es decir la escritura, el dibujo, la pintura. Una máquina fotográfica con su película puede recoger en un instante cualquier cosa que le llegue a través de la luz; no supone una fatiga mayor el recoger la figura de un bosque, o la de un árbol aislado, un grupo de personas con el ambiente que las rodea, o una cara aislada. Sea cual sea la complicación de las figuras, la máquina las recoge del mismo modo y en un mismo instante de tiempo: el instante en el que el objetivo se abre y los rayos luminosos penetran hasta tocar la película. Tanto da que se quiera fotografiar la cubierta de un libro, que solamente contiene el título, o una página interior, llena de menuda escritura; el procedimiento y los resultados son los mismos.

 

En cambio, si se quiere reproducir a mano un dibujo, esto ya resulta más o menos fácil y trabajoso, y el tiempo que se emplea en reproducir el perfil de un rostro, es muy distinto del que es necesario para dibujar a una persona entera o a un grupo de personas o un paisaje. Además, el dibujo no reproduce nunca los detalles, aunque se quiera; tanto es así que para tener un documento sobre un sujeto o sobre la posición de un cuerpo, se exige la fotografía, no el dibujo. Así también escribir el título de un libro es algo frágil y rápido, en cambio no lo es copiar una página repleta de escritura. Y conforme va trabajando la mano, se va dibujando el objeto con mayor lentitud y a base de sucesivos esfuerzos.

 

Una vez ha sido tomada la imagen, la máquina fotográfica queda como antes y en ella no se ve nada de la imagen que ha tomado. Es necesario sacar el film en un lugar oscuro, exponerlo a los reactivos que actúan químicamente sobre él, fijar la imagen lejos de la luz que la ha producido. Cuando la imagen está fijada, se puede lavar el film y exponerlo a l luz, porque la imagen permanece indeleble y reproduce todas las particularidades del objeto fotografiado. La mente absorbente parece que opera de manera análoga: también aquí las imágenes deben permanecer ocultas en la oscuridad del inconsciente y ser fijadas por misteriosas sensibilidades, sin que nada aparezca al exterior; solamente después que el milagroso fenómeno se ha realizado es cuando la adquisición creadora sale fuera a la luz de la conciencia y se queda allí indeleble con todas sus particularidades. Ahora bien, en el caso del lenguaje, éste explota poco después de los dos años y se encuentran en su sitio las particularidades de los sonidos, de los prefijos y sufijos de las palabras, de las declinaciones y de las conjugaciones de los verbos y la construcción de la sintaxis. Es el indeleble lenguaje materno: es un carácter de la raza.

 

¡La mente absorbente! ¡Maravilloso don de la humanidad!

 

Sin colaborar con su esfuerzo, sólo “viviendo”, el individuo absorbe el lenguaje del ambiente un hecho complejo de cultura, como es el lenguaje.

 

¡Si esta forma esencial permaneciera en el adulto, cómo se habrían facilitado los estudios! Imaginémonos que podemos ir a otro mundo, por ejemplo, al planeta Júpiter, y que encontramos ahí hombres que solamente paseando y viviendo absorben todas las ciencias sin estudiarlas, adquieren habilidades sin el esfuerzo del ejercicio. Diríamos: “¡Qué milagro tan venturoso!” Y sin embargo esta forma fantástica de la mente existe; es la mente del niño pequeño. Es un fenómeno que permanece oculto en los misterios del inconsciente creador.

 

Si esto sucede con el lenguaje, con esa construcción de sonidos formada por los hombres durante siglos y milenios de esfuerzos intelectuales de esfuerzos intelectuales para cincelar la expresión del pensamiento, es fácil reconocer que, análogamente, deben fijarse en el niño los caracteres psíquicos que diferencian una raza de otra: es decir, las costumbres, los prejuicios, los sentimientos y, en general, todos los caracteres que experimentamos como “encarnados” en nosotros, independientemente, e incluso a pesar de las modificaciones que nuestra inteligencia, la lógica, el raciocinio, estarían dispuestos a aportarnos. Un día, ya lejano, oí a Gandhi que decía: “Yo puedo aprobar y seguir muchas de las costumbres de los pueblos de Occidente, pero jamás podría borrar de mí la adoración de la vaca.” Y cuántos pensarán: “Sí, mi religión es absurda, según la lógica; pero me queda, a pesar de todo, un sentimiento misterioso de devoción hacia los objetos sagrados; una necesidad de acudir a ellos para vivir.” Estos hombres, que han crecido bajo la impresión de su tabú, aunque lleguen a ser doctores en filosofía, no podrán borrarlo. El niño verdaderamente construye, reproduciéndolas en sí mismo como una forma de mimetismo psíquico, las características de los hombres que le rodean. Y de esta forma al crecer no se convierte en un hombre simplemente, sino en un hombre de su raza.

 

Con esta descripción hemos tocado un secreto psíquico de vital importancia para la humanidad: el secreto de la adaptación.